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España tiene más vino del que puede beber

Y cada vez es más difícil saber cuánto va a tener

España se piensa a sí misma como una superpotencia del vino, y en superficie de viñedo lo es: nadie planta más hectáreas de vid en el mundo. Pero hay un dato que no encaja con esa imagen. Los españoles beben hoy menos vino que en una década, en torno a 18,6 litros por persona al año, mientras las bodegas siguen sentadas sobre un excedente que ronda los 47 millones de hectolitros almacenados. Es, según recogen varios medios especializados del sector, el peor dato de consumo y producción en diez años. Y es en ese contexto, no en el vacío, donde el Gobierno acaba de cambiar las reglas de juego del viñedo español.

El dato que no cuadra

Si se mira solo la superficie plantada, España parece un país que produce vino sin parar. Si se mira lo que de verdad se bebe y se vende, la foto es muy distinta: el consumo interno lleva cayendo de forma sostenida, las exportaciones también retroceden —en torno a un 6,5% menos en volumen en los últimos datos interanuales— y el stock acumulado en bodega apenas baja de un año a otro. Castilla-La Mancha, la región con más superficie de viñedo del país, concentra ella sola cerca de cuatro de cada diez hectolitros almacenados en toda España.

No es una crisis puntual de una mala cosecha. Es una desconexión estructural entre lo que el campo español está preparado para producir y lo que el mercado, dentro y fuera de España, está dispuesto a comprar.

Por qué sobra vino

La respuesta corta es que España lleva décadas plantada para una demanda que ya no existe. Buena parte del viñedo actual responde a un consumo de otra época, cuando el vino era una bebida mucho más presente en la mesa diaria de cualquier casa española. Las generaciones más jóvenes beben menos vino que sus padres y sus abuelos, y cuando lo hacen, compiten por su atención la cerveza artesanal, los combinados, los refrescos y las bebidas sin alcohol, en un mercado que ya no tiene al vino como protagonista casi único de la sobremesa.

A eso se suma un mercado exterior más exigente y más competido, con otros países productores ganando cuota, y el resultado es una acumulación de vino que ni el consumo interno ni las exportaciones consiguen absorber al ritmo al que se produce.

El Gobierno intenta cerrar el grifo

Frente a ese excedente, el Consejo de Ministros aprobó a finales de agosto una reforma del reglamento que regula cuándo se puede plantar, arrancar y volver a plantar viñedo en España, adaptando la normativa nacional a un paquete europeo pensado, explícitamente, para frenar la entrada de más viñedo mientras la demanda de vino se ralentiza en todo el continente.

En la práctica, la reforma aprieta por dos lados. Por uno, limita mucho la entrada de viñedo nuevo: para toda España, la superficie autorizada para nuevas plantaciones en 2026 se ha fijado en apenas 903 hectáreas, una cifra simbólica frente al total ya plantado, y la administración se reserva ahora la posibilidad de dejarla directamente en cero en años futuros si lo considera necesario. Por otro, facilita deshacerse de las autorizaciones ya concedidas que nadie tiene intención de usar: quien tenga una autorización de plantación pendiente puede renunciar a ella sin sanción, algo que antes sí penalizaba, siempre que lo comunique antes de que acabe 2026. También se amplían los plazos para replantar tras un desastre natural, una helada o una plaga, dando más margen a quien pierde viñedo por causas que no puede controlar.

Hay, además, una cláusula pensada para cerrar una puerta trasera muy concreta: quien cobre una ayuda pública por arrancar viñedo ya no podrá recuperar esa misma superficie replantando por otra vía, ni beneficiarse de un aumento de su explotación durante varias campañas después de recibir esa ayuda. Dicho de otro modo, el dinero público para reducir superficie deja de ser compatible con volver a aumentarla poco después.

El otro problema: ya no se sabe cuánto se va a cosechar

Toda esta reforma parte de un supuesto que hasta hace poco se daba por sentado: que la superficie plantada permite calcular, con cierto margen, cuánto vino va a salir cada año. Ese supuesto ya no se sostiene tan bien como antes. Como contamos en la vendimia que llegó demasiado pronto, el calor extremo de los últimos veranos no solo adelanta el calendario de la vendimia; también deshidrata el grano en las parcelas de secano, y una baya más pequeña reduce el volumen final de la cosecha aunque la superficie plantada sea exactamente la misma que el año anterior. En algunas zonas, esa merma ha llegado a rozar el 20% respecto a campañas anteriores.

El resultado es una paradoja incómoda para cualquier planificador: España tiene, en teoría, más viñedo del que necesita, pero cada vez es más difícil saber cuánto va a producir realmente ese viñedo de un año para otro. Gestionar el exceso de oferta ya era complicado cuando el clima se comportaba con cierta regularidad; hacerlo cuando cada verano puede recortar la cosecha de forma imprevisible es un juego bastante más difícil.

Atrapado entre dos presiones

El vino español se encuentra así entre dos fuerzas que empujan en direcciones distintas pero que complican el mismo problema desde ángulos opuestos: se bebe menos, así que sobra producto, y a la vez se cosecha con menos certeza, así que ese sobrante es cada año más difícil de calcular con precisión. La nueva normativa es, en el fondo, un intento de dar a las bodegas y a los viticultores herramientas legales para adaptarse más rápido a un mercado que cambia de tamaño, sin quedarse atados a un viñedo pensado para una España que bebía de otra manera.

Ninguno de estos cambios se nota directamente en una copa de vino en la mesa. Pero tarde o temprano, un sector que ajusta su superficie plantada, cambia sus reglas de sanciones y aprende a vivir con cosechas más erráticas acaba dejando huella en algo que sí se nota: los precios, la disponibilidad de ciertos vinos y, con el tiempo, hasta qué denominaciones y qué estilos siguen teniendo sentido económico en un país que, sencillamente, ya no bebe tanto vino como antes.

Una botella de vino abierta junto a racimos de uvas blancas y tintas.

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