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Comer sin darnos cuenta

Lo que ocurre alrededor del plato.

Una comida larga de domingo tiene una coreografía conocida: unos entrantes en el centro de la mesa, un primero, un segundo, un postre que aparece cuando ya nadie tenía hambre y una sobremesa que se estira hasta media tarde. Al levantarnos, nadie se pregunta por qué ha comido exactamente eso, ni por qué ha parado en ese momento y no diez minutos antes. Damos por supuesto que comemos hasta llenarnos, y que llenarnos es un asunto privado entre el estómago y el cerebro.

La investigación de las últimas décadas apunta a algo bastante más interesante. Casi nunca dejamos de comer porque el cuerpo lo pida. Dejamos de comer porque el plato se acaba, porque los demás han terminado, porque el sabor ha dejado de sorprendernos o porque el guion de la comida indica que ha llegado el momento del café. El apetito se administra en buena parte fuera del cuerpo, en un entorno hecho de vajilla, horarios, compañía y costumbre. Y eso no es un defecto que haya que corregir: es, en gran medida, lo que llamamos cultura gastronómica.

La saciedad siempre llega tarde

El cuerpo humano tiene maneras muy eficaces de avisar de su estado. Si algo sienta mal, aparecen las náuseas. Si hay una herida, duele. Con la saciedad, en cambio, el sistema es lento. Cuando la comida llega al intestino se liberan hormonas que informan al cerebro de que la ingesta va bien encaminada, pero ese proceso necesita alrededor de veinte minutos para consolidarse.

Veinte minutos son una eternidad en la mesa. En ese tiempo caben un segundo plato entero, dos rebanadas de pan, media botella de agua y una repetición de guiso. Si una comida dura menos de lo que tarda la señal en llegar, el cuerpo sencillamente no llega a tiempo de opinar. Lo que decide cuándo paramos no es la fisiología, sino todo lo que ocurre alrededor mientras la fisiología se pone al día.

Por qué la sobremesa no es tiempo perdido

Visto así, las costumbres que alargan la comida cumplen una función que nadie diseñó a propósito. Servir en varios platos obliga a hacer pausas. Compartir una fuente central interrumpe el ritmo. Conversar impide comer y hablar a la vez. La sobremesa, que a menudo se describe como una encantadora pérdida de tiempo, es en realidad el momento en el que el organismo termina de calcular. Muchas culturas mediterráneas han llegado por la vía de la costumbre a un resultado que la investigación describe con gráficos.

El tamaño manda: raciones, envases y vajilla

De todos los factores que influyen en cuánto comemos, el mejor documentado es también el más simple: el tamaño de lo que nos ponen delante. Una revisión Cochrane, el tipo de análisis más exigente que existe en ciencias de la salud, reunió sesenta y un ensayos aleatorizados y datos de más de seis mil setecientas personas. La conclusión fue consistente: cuando se ofrecen raciones, envases o vajilla de mayor tamaño, se come y se bebe más. Los autores calcularon que, si ese efecto se mantuviera a lo largo de toda la dieta, podría suponer entre un doce y un dieciséis por ciento de la energía diaria de un adulto.

Lo llamativo no es el porcentaje, sino su indiferencia. El efecto aparecía por igual en hombres y mujeres, con independencia del hambre declarada y del empeño consciente en controlar lo que se come. No se trata, por tanto, de fuerza de voluntad. Se trata de una norma implícita: lo que hay servido es lo que corresponde comer.

A esa norma se suma otro mecanismo, bautizado por los psicólogos como sesgo de unidad. Tendemos a tratar cada envase como una porción natural, al margen de lo que indique la etiqueta. Una botella es una botella, una bolsa es una bolsa, una tableta es una tableta. Que el fabricante haya decidido que ahí dentro caben dos raciones y media es una información que el cerebro registra con dificultad, porque las fracciones no encajan bien en la manera intuitiva de contar comida.

Una ración, ¿de quién?

La palabra ración significa cosas distintas según dónde se pronuncie. En la barra de un bar es un plato para compartir entre varios. En un recetario doméstico es lo que se calcula por comensal. En una etiqueta nutricional es una cantidad convencional fijada por la industria, que no siempre coincide con lo que nadie come en la vida real. Tres definiciones incompatibles conviven sin conflicto aparente, y todas ellas orientan el apetito.

Comer acompañados

En los años ochenta y noventa, el investigador John de Castro pidió a cientos de personas que anotaran durante una semana todo lo que comían y en qué circunstancias: la hora, el lugar y cuánta gente había en la mesa. Al analizar miles de comidas encontró un patrón muy marcado. Las comidas hechas en compañía eran, de media, un cuarenta y cuatro por ciento más abundantes que las comidas en solitario.

Y la relación resultó ser ordenada, casi aritmética. Con un solo acompañante, las comidas crecían alrededor de un veintiocho por ciento. Con seis personas o más, hasta un setenta y seis. La duración de la comida aumentaba en paralelo, y el efecto era mayor entre familiares y amigos que entre compañeros de trabajo o simples conocidos. Comer con gente de confianza es lo que más alarga la mesa.

Conviene decir con claridad lo que esto no significa. No es un argumento contra la mesa compartida, que es probablemente la mejor invención de la historia de la gastronomía. Es una descripción de su funcionamiento. La comensalidad —el hecho de comer juntos como acto social y no solo alimenticio— tiene su propia física: reparte el ritmo, prolonga el tiempo, sustituye las señales del cuerpo por señales del grupo. Solemos seguir comiendo mientras alguien siga comiendo, y solemos dar la comida por terminada cuando la termina la mesa entera. El apetito se sincroniza igual que la conversación.

Siempre queda hueco para el postre

Hay una escena repetida en todas las cocinas del mundo: alguien asegura que no puede más y, quince minutos después, acepta un trozo de tarta. La explicación tiene nombre técnico. Se llama saciedad sensorial específica y describe un fenómeno sencillo: nos saciamos de un sabor concreto, no de la comida en general.

Los estudios que la documentaron son de los años ochenta y se han repetido muchas veces. A medida que comemos un alimento, ese alimento nos resulta progresivamente menos apetecible, mientras que otro sabor distinto conserva intacto su atractivo. Por eso el postre entra cuando el guiso ya no cabía. Por eso el queso salado apetece después de un plato dulce. Por eso una comida de un solo sabor cansa antes que una comida variada de la misma cantidad.

De aquí se deduce buena parte de la arquitectura de la gastronomía occidental. El menú degustación existe porque cada plato reinicia el apetito. El bufé funciona por la misma razón, multiplicada por veinte. Los entrantes variados abren la comida precisamente porque no sacian, y la tradición de terminar con algo dulce y distinto está aprovechando un mecanismo biológico que ningún cocinero necesitó estudiar para descubrir.

Comemos con los ojos y con la memoria

La vista cuenta, aunque no siempre de la manera que dice el consejo popular. Sobre el efecto del tamaño del plato en concreto, la evidencia es mucho más discutida de lo que sugiere su enorme popularidad, y merece un artículo aparte.

Lo que sí está bien establecido es el papel de la memoria. En un estudio clásico se ofrecieron comidas sucesivas a personas con amnesia grave, incapaces de recordar lo que habían hecho unos minutos antes. Aceptaron una segunda comida completa poco después de la primera, y en algunos casos empezaron una tercera. El estómago estaba lleno; el recuerdo, no. Sin memoria de haber comido, el apetito volvía casi intacto.

Investigaciones posteriores han mostrado que este mecanismo también opera en personas sanas: quienes dedican un momento a recordar con detalle lo que almorzaron tienden a picar menos por la tarde. El apetito no consulta únicamente al cuerpo, también consulta al archivo. Comer viendo una pantalla, de pie en la cocina o sin prestar atención al plato deja un recuerdo pobre, y un recuerdo pobre deja hambre.

Culturas de la mesa: cada país come a su manera

Si el entorno pesa tanto, cabe esperar que países distintos produzcan apetitos distintos. Un equipo de investigadores estadounidenses y franceses lo comprobó a comienzos de este siglo con un método admirablemente rudimentario: recorrer restaurantes comparables a ambos lados del Atlántico con una báscula portátil y pesar los platos.

Encontraron que las raciones francesas eran sistemáticamente más pequeñas, no solo en los restaurantes, sino también en los formatos individuales de supermercado y en las cantidades que indicaban los recetarios. Las guías gastronómicas francesas apenas incluían establecimientos de "todo lo que puedas comer". De media, las raciones estadounidenses resultaron ser en torno a un veinticinco por ciento mayores. Y en las mismas cadenas de comida rápida presentes en los dos países, los comensales franceses tardaban más en comer.

Nadie diseñó ese sistema. Es el resultado acumulado de costumbres, expectativas y normas de cortesía. Y visto desde aquí, el caso español encaja en el mismo cuadro con rasgos propios: horarios de comida fijos y tardíos que estructuran el día entero, la separación en primero y segundo que obliga a hacer una pausa, la costumbre de compartir en el centro de la mesa, la ración pensada para varios, la sobremesa que puede durar más que la comida. Son mecanismos de regulación del apetito disfrazados de buenos modales.

También conviene reconocer que ese sistema se está erosionando. Las comidas se acortan, los envases familiares se han normalizado en la compra semanal y una parte creciente de lo que comemos se consume en solitario y con una pantalla delante. Ninguna de esas cosas es una catástrofe por sí sola, pero todas empujan en la misma dirección: menos tiempo, menos atención, menos recuerdo.

Levantarse de la mesa con una pregunta

No hay aquí ninguna lista de trucos, y sería un mal servicio ofrecerla. Lo que muestra toda esta investigación no es que comamos mal, sino que comemos en compañía de un entorno que decide bastante por nosotros: el tamaño del envase, la duración de la comida, quién se sienta al lado, cuántos sabores distintos pasan por el plato y cuánto de todo ello queda en la memoria.

Reconocerlo tiene una consecuencia agradable. Muchas de las costumbres que la vida moderna trata como lentitud innecesaria —la mesa puesta, los platos que se suceden, la conversación que interrumpe, la sobremesa— resultan ser inteligentes. No hacía falta la ciencia para inventarlas, pero la ciencia explica ahora por qué funcionaban.

La próxima vez que nos levantemos de la mesa, merece la pena hacerse una pregunta sencilla: qué nos hizo parar. Casi nunca será el estómago. Y descubrir qué fue exactamente es una de las formas más entretenidas de entender la propia cultura.

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