Una bolsa de asar transparente, hinchada por el vapor como un globo, ocupa casi todo el interior del horno sobre una bandeja metálica oscura. El plástico, tenso y brillante, se recoge en el centro en un fruncido de pliegues que irradian como los rayos de una estrella, sujeto con una atadura roja que destaca con fuerza sobre los tonos dorados. Por dentro, la cara interior está cubierta de miles de gotitas de condensación que atrapan la luz y delatan el vapor húmedo que ablanda la carne. A través del plástico empañado se adivinan la pieza ya tostada y salpicaduras de jugo y especias de color ámbar y caramelo, más intensas en la esquina inferior. La luz cálida de la resistencia baña la escena en naranjas y cobres y deja ver a la izquierda las guías del horno, marcadas por el uso. Es una imagen que muestra de un vistazo cómo funciona el asado cubierto: la carne se cocina en su propio vapor, sin perder jugo ni ensuciar el horno.