Un cuenco hondo de cerámica color arena, con el borde ribeteado en azul cobalto, rebosa de un caldo claro y dorado salpicado de gotas de grasa que brillan a la luz. Dentro se amontonan trozos de carne de carnero con el hueso a la vista, tiernos y deshilachados por la cocción lenta, junto a patatas amarillas enteras, gruesas rodajas de zanahoria de un naranja intenso y algo de cebolla. Una lluvia de perejil fresco picado moteado de verde cubre la superficie. Alrededor, sobre una mesa de madera rústica de vetas marcadas, aparecen un cuenquito de salsa roja picante, otro de perejil picado, una cuchara metálica y un tejido andino de rayas en tonos fucsia, naranja y azul que pone una nota de color al fondo. La luz cálida y lateral da a la escena un aire casero y reconfortante, de sopa de mañana fría en el altiplano.
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