Sobre una mesa de madera gastada se abre un almanaque antiguo de páginas amarillentas, con los doce meses del año de enero a diciembre y un grabado para cada uno: un árbol desnudo, un cerdo, la siega, la vendimia o las labores del campo. A su alrededor se despliega la despensa de todo el año. A la izquierda, una hogaza de pan de corteza enharinada, chorizos y salchichones, una cuña de queso curado, huevos, garbanzos, ramas de almendro en flor, espárragos verdes, alcachofas y vainas de guisantes, junto a un paño de cocina de rayas rojas. A la derecha, el otoño: racimos de uvas negras, granadas, higos abiertos, manzanas rojas, castañas en su erizo, nueces, setas, una tajada de melón, limones y un cuenco de aceitunas con ramas de olivo. Al fondo, una jarra de barro, una aceitera de cristal con aceite dorado, una botella de vino y una copa de tinto, un fuego encendido en la chimenea y, por la ventana, un paisaje de olivares con un pueblo coronado por una iglesia. La luz cálida y dorada envuelve la escena con un aire de cocina tradicional y de calendario campesino.
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