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Gastronomía y el arte del siglo XVIII

La comida en el arte del siglo XVIII refleja refinamiento, nuevos sabores y la mesa como espejo social.

El siglo XVIII heredó del Barroco una tradición pictórica sobre la comida extraordinariamente rica y la transformó a su propia imagen: más ligera, más sociable, más atenta a los placeres de la conversación que al peso de los símbolos morales. La mesa del siglo XVIII es un espacio de encuentro, de ingenio y de exhibición del buen gusto. La calavera del vanitas ha desaparecido. En su lugar hay una taza de chocolate humeante, un pastel de azúcar glasé y una conversación brillante. 

Pero el siglo XVIII también fue el siglo de las contradicciones. Mientras la aristocracia francesa y española celebraba la refinada cultura de la mesa en sus salonesrococó, las clases populares malvivían con una alimentación escasa y monótona. Mientras los artistas pintaban meriendas galantes a la orilla de un río, los filósofosilustrados comenzaban a cuestionar el orden social que hacía posible tanta desigualdad. La Revolución Francesa, al final del siglo, fue también una revolución del hambre. 

Y en medio de todo ello, en una pensión de Madrid, un pintor español llamado Luis Meléndez pintaba bodegones de una calidad que no sería plenamentereconocida hasta siglos después de su muerte. 

Luis Meléndez: el gran bodegonista español del siglo XVIII 

Luis Egidio Meléndez nació en Nápoles en 1716, en el seno de una familia de pintores españoles, y murió en Madrid en 1780 en la pobreza más absoluta, a pesar de haber producido una obra que muchos especialistas consideran comparable a la de Chardin y superior a la de casi cualquier otro bodegonista europeo de su época. 

Su historia es una de las más injustas de la pintura española. Meléndez aspiró toda su vida a ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, perolas intrigas de su padre —que había tenido un conflicto con la institución años antes— le cerraron esa puerta para siempre. Sin el respaldo académico, sin mecenasestables, trabajó durante décadas pintando bodegones por encargo para Carlos III, que los destinaba al Palacio de Aranjuez, y vendiendo el resto de su produccióncomo podía. 

Sus bodegones son inconfundibles. Meléndez pintaba los alimentos y los objetos de cocina con una materialidad y una solidez que no tienen parangón en la pintura española de su tiempo: sandías abiertas que parecen pesar, barriles de madera con sus aros de hierro oxidado, melones con la piel rugosa, trozos de salmón con la carne rosada y brillante, cazuelas de barro con el vidriado verde, cajas de dulces, botellas de aceite, jarras de agua.  

A diferencia del bodegón austero de Zurbarán o de la opulencia exótica del pronkstilleven holandés, los bodegones de Meléndez son la despensa española de a pie: productos del campo y del mar, utensilios de cocina corrientes, alimentos que cualquier madrileño de clase media reconocería en su propia cocina. Esa cercaníacon lo cotidiano, lejos de restarles valor, es lo que los hace tan poderosos. Son un documento visual de la cultura material de la España del siglo XVIII que no tieneequivalente en ningún otro medio. 

El Museo del Prado conserva cuarenta y cuatro bodegones de Meléndez, la mayor colección del mundo de su obra. Durante mucho tiempo estuvieron en losalmacenes. Hoy tienen sala propia, y cualquier visitante que se detenga ante ellos entiende en seguida por qué este pintor, ignorado durante tanto tiempo, es uno de los grandes. 

Chardin: la dignidad de lo simple en Francia 

Jean-Baptiste-Siméon Chardin fue el gran bodegonista francés del siglo XVIII y uno de los pintores más admirados de su época, a pesar de que su obra era radicalmente contracorriente en el París rococó. Mientras sus contemporáneos pintaban escenas galantes con ninfas y cupidos en jardines perfumados, Chardin pintaba cocinas, despensas, mesas de trabajo, jarras de cobre y peces recién comprados en el mercado. 

Sus bodegones tienen una afinidad profunda con los de Meléndez —la misma atención a la textura, el mismo respeto por los objetos ordinarios, la misma luz tranquila— aunque los dos pintores trabajaban en países distintos y es poco probable que se conocieran. Lo que comparten es una actitud ante la comida que va encontra del espíritu decorativo y frívolo del Rococó: la convicción de que una jarra de agua o un trozo de queso merecen la misma atención seria que cualquier otrotema. 

Denis Diderot, el gran crítico e ilustrado francés, escribió sobre Chardin con una admiración que resume bien lo que el pintor representaba: ante sus cuadros, decía, uno se detiene sin saber por qué, y cuando vuelve, sigue sin poder explicarlo. Esa capacidad de detener al espectador ante lo más ordinario es la marca del gran bodegonista, y Chardin la tenía en grado máximo. 

El Rococó: comer y beber como arte de vivir 

El estilo Rococó, que dominó las artes decorativas y la pintura francesa y europea de la primera mitad del siglo XVIII, convirtió la mesa y los placeres culinarios entema central de una cultura que hacía del art de vivre —el arte de vivir bien— su máxima aspiración. Los interiores rococó eran espacios diseñados para el placer refinado: conversación, música, comida exquisita, porcelana delicada, cristalería traída de Bohemia. 

François Boucher y Jean-Honoré Fragonard pintaron escenas de merienda y picnic galante —las fêtes galantes— en las que señores y damas elegantementevestidos comen y beben en jardines ideales. La comida en estos cuadros no es el tema principal sino parte del escenario: un cesto de frutas sobre el césped, unacopa de vino en la mano de una joven, un lacayo sirviendo en segundo plano. Es la comida como accesorio de una vida que se concibe a sí misma como obra de arte. 

La porcelana fue el gran objeto fetiche de la cultura gastronómica rococó. Las manufacturas de Meissen (Alemania), Sèvres (Francia) y la Real Fábrica del Buen Retiro (Madrid) producían vajillas, chocolateras, azucareras y soperas de una delicadeza que convertía cada mesa en una exposición de gusto y riqueza. Esosobjetos aparecen en los cuadros de la época con la misma frecuencia con que los smartphones aparecen en las fotografías actuales: como marcadores de estatus y modernidad. 

Chocolate, café y té: los nuevos sabores que cambiaron la mesa europea 

Una de las transformaciones gastronómicas más importantes del siglo XVIII fue la generalización en Europa de tres bebidas que habían llegado de fuera: elchocolate, procedente de México y Centroamérica; el café, de Arabia y el este de África; y el té, de China. Las tres eran productos coloniales, las tres llegaban a través de rutas comerciales que implicaban imperios y explotación, y las tres transformaron los hábitos sociales europeos de una manera que el arte registró con fidelidad. 

La chocolatera —el recipiente alargado con mango lateral para batir el chocolate caliente— se convirtió en uno de los objetos más representados en el arte del sigloXVIII. Jean-Étienne Liotard pintó en 1744 su célebre La chocolatera (Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde), que muestra a una doncella llevando una bandeja con una taza de chocolate y un vaso de agua con una elegancia que resume perfectamente la relación del siglo con esta bebida: exótica, lujosa, íntima. 

En España, el chocolate tuvo una penetración social especialmente profunda, más que en ningún otro país europeo. Llegó de las colonias americanas en el sigloXVI y para el XVIII era ya una bebida popular en todos los estratos sociales. Los cuadros de costumbres españoles del siglo XVIII —y más tarde los de Goya— muestran el chocolate como parte indisociable de la vida cotidiana madrileña, desde los salones aristocráticos hasta las mesas de los conventos. 

Goya: la mesa entre la fiesta y la sombra 

Francisco de Goya es una figura que pertenece tanto al siglo XVIII como al XIX, y su obra sobre la comida refleja esa posición de bisagra entre dos épocas. Sus cartones para tapices —diseños para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, encargados por la familia real española en las décadas de 1770 y 1780— son imágenes luminosas y festivas de la vida popular madrileña: meriendas a orillas del Manzanares, vendedores de agua y limonada, escenas de verbena con comida y bebida. 

Pero Goya también pintó bodegones de una brutalidad expresiva que no tiene nada de rococó y que anticipa la modernidad más cruda. Su serie de bodegonestardíos —pintados entre 1808 y 1812, en plena Guerra de la Independencia— muestra piezas de caza y de carnicería con una honestidad casi violenta: un costillarde cordero, un pavo muerto, despojos de caza sobre una mesa oscura. Son imágenes que hablan de sangre y de muerte, no de placer. En ese giro, Goya abandona elsiglo XVIII y entra de lleno en el siguiente. 

El Neoclasicismo: orden, virtud y la mesa republicana 

Contra el lujo rococó reaccionó, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, el Neoclasicismo: un movimiento artístico e intelectual que buscaba sus modelos en la Antigüedad grecorromana y que asociaba la simplicidad formal con la virtud cívica. En el contexto de la comida, eso se tradujo en una valoración de la mesa austera frente al banquete ostentoso, de los alimentos simples y nutritivos frente a las confiterías y los dulces de la cultura rococó. 

El pintor neoclásico francés Jacques-Louis David —el mismo que retrató a Napoleón cruzando los Alpes— pintó escenas de banquetes de la Antigüedad con unasobriedad arquitectónica y una claridad moral que contrastaban deliberadamente con la frivolidad de sus predecesores. La mesa neoclásica era un espacio de virtud republicana, no de placer aristocrático. La Revolución Francesa, que David apoyó con fervor, fue también una revolución en la cultura visual de la comida: el lujo de la mesa del rey pasó a ser visto como símbolo de injusticia, no de civilización. 

Obras de referencia 

  • Luis Meléndez, colección de bodegones (h. 1760–1780) — Museo del Prado, Madrid (44 obras, sala permanente) 
  • Jean-Baptiste-Siméon Chardin, La liebre (h. 1728) — Museo del Louvre, París 
  • Jean-Baptiste-Siméon Chardin, Los atributos de las artes (1766) — Museo Hermitage, San Petersburgo 
  • Jean-Étienne Liotard, La chocolatera (1744) — Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde 
  • François Boucher, El desayuno (1739) — Museo del Louvre, París 
  • Francisco de Goya, Cartones para tapices: La merienda a orillas del Manzanares (h. 1776) — Museo del Prado, Madrid 
  • Francisco de Goya, Bodegón con costilla de ternera, riñones y cabeza de cordero (h. 1808–1812) — Museo del Prado, Madrid 
  • Jacques-Louis David, Las Sabinas (1799, detalle de mesa y banquete) — Museo del Louvre, París 

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