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Historia de los cítricos

Esta jugosa fruta de consumo tan popular cuenta con una larga tradición en la mesa y en la cocina.

Pocas familias de frutas han viajado tan lejos, transformado tantas cocinas y salvado tantas vidas como los cítricos. La naranja, el limón, la lima, el pomelo, la mandarina: frutas tan presentes en la vida cotidiana que resulta difícil imaginar la cocina sin ellas. Y sin embargo, todas ellas llegaron a Europa hace relativamente poco, y su historia incluye naufragios evitados, rutas comerciales medievales y una revolución agrícola que transformó el paisaje del Mediterráneo.

El origen: Asia y la paradoja genética

Los cítricos son originarios del sudeste asiático, en una región que abarca desde el noreste de la India hasta el sur de China y el archipiélago malayo. Llevan cultivándose en esas tierras desde hace al menos cuatro mil años, y probablemente mucho más.

Hay algo genéticamente sorprendente en los cítricos: la inmensa mayoría de las variedades que conocemos hoy no son especies originales sino híbridos — cruces naturales o inducidos de apenas unas pocas especies ancestrales. El limón es un híbrido de cidra y lima. La naranja dulce es un híbrido de pomelo y mandarina. El pomelo, la mandarina y la cidra son las tres especies originales de las que desciende prácticamente todo lo demás. Cuando mordemos una naranja, estamos comiendo el resultado de miles de años de hibridación, selección y cultivo acumulados.

China fue el primer gran centro de cultivo y desarrollo de los cítricos. Hacia el año 1178, el erudito Han Yen-chih escribió un tratado exhaustivo sobre los cítricos cultivados en la región de Wen-chou en el que describía hasta veintisiete variedades distintas de naranjas, mandarinas y limones, con instrucciones detalladas sobre cultivo, gestión de huertos y control de plagas. Un nivel de sofisticación agronómica que no tendría equivalente en Europa hasta siglos después.

Los cítricos llegan al Mediterráneo

La ruta de los cítricos desde Asia hasta el Mediterráneo fue lenta y siguió los caminos del comercio y la conquista. La cidra — el cítrico más antiguo en llegar a Occidente — ya se cultivaba en Persia y en el Levante en el siglo IV a.C. Fue probablemente la fruta cítrica que conocieron los griegos y los romanos antes que ninguna otra.

Los mosaicos romanos son una fuente valiosa: uno hallado cerca de Tusculum muestra limones y limas que ya se cultivaban en Italia, y otro del siglo IV d.C. representa naranjas con suficiente detalle para ser reconocibles. Pero los cítricos eran en Roma frutas raras, exóticas y caras — objetos de curiosidad más que alimentos cotidianos.

Fueron los árabes quienes transformaron los cítricos en un cultivo mediterráneo de primera importancia. Con la expansión del islam a partir del siglo VII, las técnicas de cultivo y los conocimientos agronómicos del mundo persa y del Próximo Oriente se extendieron por el norte de África, la península ibérica y Sicilia. Los árabes introdujeron el limón, la naranja amarga y la lima en el Mediterráneo occidental, desarrollaron sistemas de riego que permitían su cultivo en climas más secos y los integraron en una cocina que valoraba el contraste entre el ácido y el dulce de una manera que la cocina europea no había explorado.

La huerta de Valencia, los campos de Sicilia, los jardines de Sevilla: el paisaje cítrico del Mediterráneo que hoy consideramos natural e histórico es, en gran medida, una herencia árabe.

El etrog y los cítricos en la tradición religiosa

Antes de que el limón y la naranja fueran comunes en Europa, hubo un cítrico que adquirió un significado religioso y cultural extraordinario: el etrog, una variedad de cidra de piel rugosa y color dorado que el judaísmo incorporó a la celebración de Sucot, la Fiesta de los Tabernáculos.

El etrog aparece en la tradición judía como el peri etz hadar — el fruto del árbol hermoso — mencionado en el Levítico. Para ser válido en la ceremonia, debe ser perfecto: sin manchas, sin arañazos, sin imperfecciones en la corteza. Su cultivo y selección se convirtieron en una práctica especializada que ha sobrevivido hasta hoy, con productores en Israel, Italia y California que cultivan etrogim con el mismo cuidado con que un viticultor cuida sus mejores viñas.

La cidra, de la que el etrog forma parte, es además uno de los cítricos más antiguos y más distintos de los que conocemos habitualmente: su pulpa es seca y poco jugosa, y lo que se aprovecha principalmente es la corteza, usada para confituras, licores y aromatización.

Los cítricos en la cocina medieval

Cuando los árabes introdujeron los cítricos en la Europa medieval, llegaron primero a las cocinas más sofisticadas — las de Al-Ándalus y Sicilia — y desde allí se extendieron lentamente al resto del continente.

En la cocina árabe del siglo XIII, el jugo de limón y la acidez de los cítricos ya eran ingredientes habituales para equilibrar los sabores de carnes y guisos. Esas técnicas pasaron a la cocina cristiana a través de los territorios de frontera. El Liber de coquina, recetario latino del siglo XIV, ya incluye recetas con zumo de limón. El Llibre del coch catalán del siglo XV, de mestre Robert, usa limón y naranja en salsas y guisos con una naturalidad que indica que no eran ingredientes exóticos sino bien establecidos en la cocina mediterránea.

Hay una paradoja interesante en la historia medieval de los cítricos: fueron durante siglos una fruta de pobres. La nobleza medieval miraba con desconfianza la fruta cruda — considerada poco refinada, asociada con los campesinos que la comían directamente del árbol — y prefería los alimentos elaborados, cocinados y cargados de especias. Los campesinos y las clases populares, en cambio, comían la fruta fresca que tenían disponible, incluyendo los cítricos. El resultado irónico fue que las clases bajas, con acceso a vitamina C, tenían huesos más sanos y encías más firmes que los nobles que las despreciaban.

Los cítricos y el escorbuto: una historia de vida y muerte

La historia más dramática de los cítricos no ocurrió en una cocina sino en alta mar. El escorbuto — causado por la deficiencia de vitamina C — fue durante siglos uno de los mayores asesinos de los marineros en travesías largas. Los síntomas son brutales: fatiga extrema, sangrado de encías, pérdida de dientes, dolor en las articulaciones y, eventualmente, la muerte. Se estima que el escorbuto mató a más marineros que las tormentas y los naufragios juntos durante la era de la exploración.

Los portugueses fueron los primeros en identificar empíricamente la relación entre el consumo de cítricos y la prevención del escorbuto, aunque sin entender el mecanismo. Vasco de Gama ya llevaba naranjas en su viaje a la India en 1497. Los marineros que las comían sobrevivían; los que no, morían. La conclusión práctica se sacó antes de que nadie supiera qué era la vitamina C — eso no llegaría hasta el siglo XX.

El médico escocés James Lind realizó en 1747 lo que muchos consideran el primer ensayo clínico controlado de la historia: dividió a marineros enfermos de escorbuto en grupos y les administró distintos tratamientos. Los que recibieron limones y naranjas se recuperaron; el resto no. La Armada británica tardó décadas en adoptar sus recomendaciones de manera sistemática — la burocracia es lenta en todos los siglos — pero cuando finalmente lo hizo, el escorbuto desapareció de sus barcos. Los marineros británicos recibieron el apodo de limeys — limoneros — que persiste en el inglés coloquial hasta hoy.

España, América y la naranja dulce

Los españoles y portugueses llevaron los cítricos al Nuevo Mundo a lo largo del siglo XVI. Colón ya transportaba semillas de cítricos en sus viajes, y las condiciones climáticas del Caribe, Florida y el litoral del Pacífico resultaron perfectas para su cultivo. Lo que empezó como aprovisionamiento de los barcos se convirtió en una de las industrias agrícolas más importantes del continente americano.

Al mismo tiempo, la naranja dulce que conocemos hoy — más jugosa, más equilibrada en acidez y dulzor que la naranja amarga medieval — llegó a Europa de manera definitiva en el siglo XV y XVI, traída por comerciantes portugueses que la habían descubierto en sus contactos con China e India. La galería de los Médici en Florencia exhibía naranjos como símbolos de riqueza y refinamiento. Los jardines de los palacios andaluces combinaban naranjos amargos — de los que ya disponían desde la época árabe — con los nuevos naranjos dulces que llegaban del Atlántico.

Los cítricos en la cocina

Los cítricos son mucho más que una fuente de vitamina C. En la cocina, el limón y la naranja cumplen funciones que van muy más allá del postre o el zumo del desayuno.

La acidez del limón equilibra los sabores grasos, potencia el sabor de otros ingredientes, actúa como conservante natural y desnaturaliza proteínas — de ahí que el ceviche, el tiradito y otros platos de pescado crudo marinado en cítricos sean técnicamente una forma de cocción sin calor. La ralladura de la piel concentra los aceites esenciales aromáticos que dan a los cítricos su carácter más intenso y complejo, y que en repostería y en cocina salada tienen un poder aromatizante que el zumo solo no puede igualar.

La naranja amarga, que prácticamente desapareció de la mesa como fruta de consumo directo cuando llegó la dulce, sobrevive en la mermelada de naranja — una preparación cuyo amargor concentrado sigue siendo insustituible — y en licores como el Cointreau, el Grand Marnier o el Curaçao, que usan su piel para aromatizar.

Las variedades modernas se han multiplicado de manera extraordinaria. El yuzu japonés, el bergamotto calabrés, la lima makrut (antes conocida como lima kaffir) del sudeste asiático, el finger lime australiano, el pomelo asiático: los cítricos siguen siendo una de las familias botánicas más diversas y más creativas de la gastronomía contemporánea. 

Una fruta con historia

Los cítricos han recorrido un camino extraordinario desde las selvas del sudeste asiático hasta los mercados de todo el mundo. Han salvado expediciones marítimas, transformado paisajes mediterráneos, dado acidez a siglos de cocina árabe y europea, y llegado a ser tan cotidianos que ya nadie los mira con la admiración que merecen.

La próxima vez que se exprima un limón sobre un pescado o se ralle la piel de una naranja en una masa, se está usando una técnica que tiene raíces en la cocina árabe del siglo XIII, en los huertos de Valencia que plantaron los agricultores de Al-Ándalus y en el largo viaje de una fruta que tardó miles de años en llegar al Mediterráneo — y que desde entonces no ha parado de viajar.


Este artículo forma parte de La historia de lo que comemos.

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