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Palabras gastronómicas de origen árabe

La cocina española es una de las que más ha conservado, en su vocabulario cotidiano, la huella del árabe.

Ingredientes, técnicas, platos y utensilios reciben todavía hoy nombres que llegaron a la península con Al-Ándalus entre los siglos VIII y XV, y que han sobrevivido a mil transformaciones fonéticas para llegar intactos a nuestras cocinas. Cada vez que hablamos de arroz, azúcar, aceituna, escabeche, albóndigas, almíbar o café, estamos usando palabras que reflejan siglos de historia culinaria compartida.

El árabe que dejó estas palabras no era exactamente el árabe clásico literario, sino una variedad hablada en la península ibérica: el árabe hispánico o árabe andalusí, con particularidades fonéticas propias que a menudo explican las formas actuales en español. Muchas de estas palabras conservan el artículo árabe al- soldado al sustantivo, un rasgo que las delata de un vistazo: al-arroz quedó como arroz en algunos casos, pero al-aceite se soldó y produjo aceite; el mismo mecanismo dio albaricoque, almíbar, alcachofa o alubia.

Este recorrido no pretende ser exhaustivo. Se calcula que el español conserva unas cuatro mil palabras de origen árabe, y en el ámbito gastronómico varios centenares. Aquí nos detenemos en las más presentes en la cocina cotidiana, agrupadas por familia semántica, con atención a su etimología documentada y a las curiosidades que a menudo se esconden detrás. Es un pequeño viaje por la memoria lingüística de nuestra despensa.

Ingredientes y productos de la despensa

El grupo más numeroso de arabismos gastronómicos es el de los ingredientes básicos. Muchos de estos productos fueron introducidos o mejorados por los árabes en la península ibérica —el arroz, el azúcar, los cítricos, la berenjena, las espinacas, el azafrán—, y llegaron con su nombre puesto. Otros ya existían pero adoptaron el nombre árabe por prestigio cultural o por vía comercial.

Aceite. Del árabe hispánico azzáyt, y este del árabe clásico az-zayt ('el aceite'). El aceite ya existía en la península antes de los árabes —los romanos eran grandes productores—, pero el término latino oleum quedó relegado al aceite de uso ritual o cosmético, mientras que el aceite de cocina adoptó el nombre árabe. Es un caso interesante de sustitución léxica por vía prestigio.

Aceituna. Del árabe hispánico azzaytúna, y este del árabe clásico az-zaytūna ('la oliva'). Junto a aceite, forma una pareja léxica muy expresiva de la impronta árabe: la fruta y su producto conservaron el nombre árabe, mientras que las voces latinas olivo y oliva pervivieron con matices más cultos o restringidos.

Arroz. Del árabe hispánico arráwz, y este del árabe clásico ar-ruzz. El arroz fue introducido en la península por los árabes, que también trajeron las técnicas de riego necesarias para su cultivo, especialmente en las zonas del Levante y del sur. Sin arroz no habría paella, ni arroz con leche, ni buena parte de la cocina valenciana y andaluza actual.

Azúcar. Del árabe hispánico assúkkar, del árabe clásico as-sukkar, y este del persa šakar, en última instancia del sánscrito śarkarā, que significaba 'grano' o 'gravilla' por la forma en que se presentaba el azúcar cristalizado. Es una palabra viajera por excelencia: pasó del sánscrito al persa, del persa al árabe, del árabe al español, y de este al resto de lenguas europeas (italiano zucchero, inglés sugar, alemán Zucker).

Azafrán. Del árabe hispánico azza'farán, y este del árabe clásico az-za'farān. El azafrán se cultivaba ya en Al-Ándalus, y La Mancha se convirtió con el tiempo en una de las zonas productoras más importantes del mundo. La palabra árabe pasó también al italiano zafferano, al inglés saffron y al francés safran.

Berenjena. Del árabe hispánico baḏinǧána, y este del árabe clásico bāḏinǧāna, que a su vez procede del persa bātingān. La berenjena llegó a la península con los árabes y era un ingrediente estrella de la cocina andalusí, presente en preparaciones como la alboronía. Su nombre viajó al catalán albergínia, al francés aubergine y al inglés aubergine (aunque en inglés americano se prefiere eggplant).

Alcachofa. Del árabe hispánico alḵaršúfa. La alcachofa cultivada, tal como la conocemos hoy, se domesticó en el norte de África y en Al-Ándalus a partir del cardo silvestre. Los árabes la introdujeron en la península y desde allí se extendió al resto de Europa. El italiano carciofo y el francés artichaut proceden de la misma raíz.

Albaricoque. Del árabe hispánico albarqúq, y este del árabe clásico al-barqūq. Curiosamente, en árabe clásico barqūq designaba la ciruela; el desplazamiento semántico hacia el albaricoque se produjo en el árabe andalusí y de ahí pasó al español. La palabra tiene un remoto origen en el griego praikókion, que a su vez procede del latín praecoquus ('precoz', por su temprana maduración).

Alubia. Del árabe hispánico allúbya, y este del árabe clásico lūbiyā'. Convive en español con judía (que también podría tener origen árabe según algunas hipótesis, aunque discutido), frijol y habichuela, cada una con predominio regional.

Atún. Del árabe hispánico attún, y este del árabe clásico at-tūn, que a su vez procede del latín thunnus y del griego thýnnos. Es un caso de préstamo circular: los árabes tomaron la palabra del griego a través del latín, y la devolvieron al español ya adaptada. La pesca del atún en almadraba, técnica de origen fenicio perfeccionada por los árabes andalusíes, sigue practicándose hoy en las costas de Cádiz.

Acelga. Del árabe hispánico assálqa, y este del árabe clásico as-silqa. La acelga formaba parte del recetario andalusí, especialmente en preparaciones humildes y de cuaresma.

Espinaca. Del árabe hispánico ispináḵ, y este del árabe clásico isbānāḵ, a su vez del persa aspanāḵ. La espinaca es originaria de Persia y llegó a Europa a través del mundo árabe, primero a Al-Ándalus y desde allí al resto del continente.

Limón. Del árabe hispánico laymún, y este del árabe clásico laymūn, a su vez del persa līmūn. Los cítricos fueron introducidos en Europa por los árabes, y con ellos su vocabulario. La palabra viajó al italiano limone, al francés citron (parcialmente) y al inglés lemon.

Naranja. Del árabe hispánico naranǧa, del árabe clásico nāranǧ, y este del persa nārang, en última instancia del sánscrito nāraṅga. Como el azúcar, es una palabra viajera del Extremo Oriente que llegó a Europa por vía árabe. Curiosamente, en inglés la n inicial se perdió por reanálisis (a narangean orange), dando lugar a orange.

Sandía. Del árabe hispánico sindíyya, literalmente 'de Sind', la región del actual Pakistán donde la fruta se cultivaba con antelación. Es una de las etimologías más curiosas del vocabulario gastronómico: llevamos siglos llamando "sandía" a esta fruta y en realidad estamos diciendo, en árabe, "la de Sind".

Zanahoria. Del árabe hispánico safunnárya, en última instancia del griego staphylinos. Otra palabra viajera de origen mediterráneo antiguo que llegó al español con librea árabe.

Café. Del italiano caffè, y este del turco kahve, en última instancia del árabe clásico qahwa. Es un arabismo tardío: el café no llegó a Europa a través de Al-Ándalus, sino mucho después, por vía otomana y veneciana, en el siglo XVII. La palabra árabe original designaba en principio no la bebida de café sino cualquier bebida excitante, incluido el vino, y aplicó luego al café por analogía.

La sandía de Sind: una fruta con nombre de lugar

La etimología de la sandía es una de las más pintorescas del vocabulario gastronómico español. La fruta se cultivaba desde la Antigüedad en varias regiones de Asia y África, pero fueron los árabes quienes la introdujeron en Al-Ándalus, y con ella su nombre. Ese nombre —sindiyya— era literalmente el gentilicio femenino aplicado a la fruta: "la de Sind", en referencia a la región del bajo Indo, en el actual Pakistán, desde donde la fruta se cultivaba y comerciaba. 

Al pasar al español, el gentilicio se convirtió en el nombre común de la fruta y perdió por el camino cualquier conciencia de su origen geográfico. Hoy nadie piensa en Pakistán al pedir una sandía, pero cada vez que lo hacemos estamos citando, sin saberlo, una región del subcontinente indio a más de siete mil kilómetros de distancia. Es un pequeño ejemplo de cómo el vocabulario gastronómico es también, siempre, una lección de geografía.

Técnicas, preparaciones y platos

Si los ingredientes son el grupo más numeroso de arabismos gastronómicos, las preparaciones y los platos son el más significativo desde el punto de vista cultural. Muchas técnicas culinarias que hoy consideramos plenamente españolas —la albóndiga, el escabeche, el jarabe, la alboronía— llegaron a la península con Al-Ándalus y se integraron tan profundamente en el recetario tradicional que su origen ha quedado invisibilizado. Cada uno de estos nombres es también un pequeño testimonio histórico.

Albóndiga. Del árabe hispánico al-búnduqa, del árabe clásico bunduqa ('avellana', y por extensión 'objeto redondo'). La raíz última es griega: káryon pontikón ('nuez póntica'), es decir, la avellana, llamada así por su procedencia del Ponto (la costa sur del Mar Negro). Los árabes tomaron la palabra del griego con el sentido de 'avellana' y la aplicaron por analogía a cualquier objeto pequeño y redondo. Al pasar al español, el significado se especializó en 'bola de carne', su acepción actual. Es un buen ejemplo de cómo una palabra puede desplazar su significado a lo largo de su viaje entre lenguas.

Alboronía. Del árabe hispánico al-būrāniyya, derivado del antropónimo Būrān, esposa del califa al-Ma'mūn en el siglo IX. Se dice que este pisto de berenjena, calabaza, tomate y pimiento fue inventado en la corte abasí para celebrar el matrimonio del califa con Būrān, cuyo nombre acabó dando nombre al plato. Es una de las pocas palabras del vocabulario gastronómico español que procede directamente de un nombre propio y ha llegado hasta hoy con la receta prácticamente intacta.

Escabeche. Del árabe hispánico iskabáǧ, y este del árabe clásico sikbāǧ, en última instancia del persa medieval sikbā, que designaba una preparación cortesana de carne con vinagre y aromáticos. Su historia y su evolución en la cocina española se tratan en detalle en la página dedicada a los escabeches.

Alfajor. Del árabe hispánico al-ḥašú, literalmente 'el relleno'. En Al-Ándalus, el alfajor era un dulce a base de almendras, nueces, miel, pan molido y especias, cercano al turrón o al mazapán. Con la colonización española viajó a América y allí se transformó en preparaciones muy distintas, especialmente el alfajor rioplatense de dos galletas rellenas de dulce de leche, hoy convertido en símbolo gastronómico argentino. La palabra conserva perfectamente su origen: el "relleno" sigue siendo el corazón del dulce, sea con miel y almendras o con dulce de leche.

Almojábana. Del árabe hispánico almuǧábbana, literalmente 'hecha de queso', del árabe clásico ǧubn ('queso'). Es un dulce andalusí tradicional, elaborado con queso fresco, harina, huevo y azúcar o miel, que se consume aún hoy en algunas comarcas andaluzas, especialmente durante las fiestas religiosas. Como el alfajor, viajó a América y en países como Colombia y Puerto Rico se transformó en versiones locales, hechas con harina de maíz y queso, servidas como pan dulce del desayuno.

Jarabe. Del árabe hispánico šaráb, del árabe clásico šarāb ('bebida', 'poción'). Originalmente designaba cualquier bebida dulce y aromatizada, y por extensión pasó a designar las preparaciones medicinales líquidas azucaradas que aún hoy se llaman jarabes. La palabra árabe šarāb tiene el mismo origen que sherbet (el helado de origen turco) y que sorbete en español: todas comparten la raíz semítica de la bebida refrescante.

Almíbar. Del árabe hispánico al-míba, y este del árabe clásico maybah, que designaba una bebida de membrillo con miel. El desplazamiento semántico es interesante: de una bebida específica pasó a designar cualquier líquido dulce y espeso resultante de cocer azúcar con agua o zumos. Hoy es palabra común en repostería y en conservas de fruta.

Sorbete. Del árabe hispánico šurbah, del árabe clásico šarba ('sorbo', 'trago'), de la misma raíz que jarabe. Los sorbetes eran preparaciones andalusíes y luego otomanas de fruta triturada con nieve o hielo, precursoras directas de los helados modernos. La técnica y la palabra viajaron a Italia en el siglo XVI y de allí al resto de Europa, dando lugar al italiano sorbetto, al francés sorbet y al inglés sherbet.

Fideo. Del árabe hispánico fidáwš, palabra que designaba unas tiras de pasta cocidas en caldo. Los fideos son una de las primeras formas documentadas de pasta seca en Europa, y su presencia en Al-Ándalus está atestiguada al menos desde el siglo XIII, con anterioridad a la más famosa pasta italiana. Los fideuás valencianos, las sopas de fideos y muchas preparaciones tradicionales españolas descienden directamente de esta tradición andalusí.

Adafina. Del árabe hispánico ad-dafína, literalmente 'lo enterrado' o 'lo escondido', porque el guiso se dejaba cocinar toda la noche entre brasas cubiertas, protegido del contacto directo con el fuego. Era el guiso judío sefardí del sabbat, elaborado con garbanzos, carne, huevos y verduras, cocido a fuego lentísimo desde el viernes por la tarde para poder consumirlo el sábado sin necesidad de cocinar. Es el antecedente directo del cocido madrileño, la olla podrida castellana y otros guisos españoles de puchero largo.

Alboroque. Del árabe hispánico al-borúk. Era originalmente el agasajo o convite con el que se celebraba el cierre de un trato comercial, y por extensión pasó a designar cualquier pequeña celebración con comida y bebida. Aunque hoy es palabra rara, sigue viva en algunas zonas rurales para designar el brindis o convite que acompaña a un acuerdo.

Alboronía y la esposa del califa

Pocas etimologías gastronómicas son tan sugerentes como la de la alboronía. Este pisto andalusí de berenjena, calabaza, calabacín y tomate —aunque el tomate se incorporó mucho después, tras el descubrimiento de América— toma su nombre de Būrān, una princesa persa que en el año 825 se convirtió en esposa del califa abasí al-Ma'mūn, hijo de Harún al-Rashid. La celebración de la boda fue tan lujosa y prolongada, y la cocina de la corte tan brillante, que varias preparaciones creadas para la ocasión pasaron a llamarse būrāniyya, es decir, "a la manera de Būrān". El plato, con sus variantes según la disponibilidad de ingredientes, viajó por todo el mundo árabe medieval hasta llegar a Al-Ándalus, donde arraigó especialmente y sobrevivió a los siglos posteriores en la cocina popular andaluza. 

Cada vez que se prepara una alboronía se está conmemorando, sin saberlo, una boda cortesana persa del siglo IX. Es la única palabra del vocabulario gastronómico español que procede directamente de un nombre propio femenino, y una de las más antiguas etimologías documentadas de nuestra cocina.

Utensilios, medidas y despensa

Más allá de los ingredientes y las preparaciones, el árabe legó al español un conjunto de palabras relacionadas con los recipientes, las medidas y los espacios de la cocina. Son términos que a menudo pasan inadvertidos porque los usamos con total naturalidad, pero cuya raíz árabe explica bien la relevancia que Al-Ándalus tuvo en la organización doméstica y comercial de la península.

Jarra. Del árabe hispánico ǧárra, del árabe clásico ǧarra ('recipiente de barro'). La jarra era el recipiente básico para transportar y servir líquidos en la vida cotidiana andalusí, típicamente de cerámica sin vidriar y de tamaño mediano. La palabra pasó también al italiano giara, al francés antiguo jarre y al inglés jar. Sigue siendo hoy uno de los objetos más presentes en la mesa española.

Taza. Del árabe hispánico ṭássa, del árabe clásico ṭāsa, en última instancia del persa tašt ('cuenco'). La taza andalusí era un pequeño recipiente sin asa, usado para servir bebidas calientes o frías; el asa se añadió más tarde, ya en la evolución europea. La palabra viajó también al italiano tazza, al francés tasse y al alemán Tasse.

Alcuza. Del árabe hispánico al-kúza, del árabe clásico kūza ('jarra pequeña'). La alcuza era el recipiente tradicional para el aceite de mesa, generalmente con un pico alargado que facilitaba verter en fino sobre los alimentos. Aunque hoy la aceitera moderna ha desplazado a la alcuza tradicional, la palabra sigue viva en muchas zonas rurales de España, y en varias hispanoamericanas.

Arroba. Del árabe hispánico ar-rúb, del árabe clásico ar-rub' ('la cuarta parte'). La arroba era una unidad de peso equivalente aproximadamente a la cuarta parte de un quintal, es decir, unos 11,5 kilos en Castilla. Aunque como medida ha caído en desuso, la palabra sobrevive hoy en el símbolo @ del correo electrónico, que en español conservó el nombre "arroba" mientras que en inglés se dice at. La razón es que el símbolo @ se usaba en la contabilidad comercial hispánica para abreviar precisamente esta medida.

Quintal. Del árabe hispánico al-qintár, del árabe clásico qintār, en última instancia del latín centenarium ('de cien libras'). Es otro préstamo circular: la palabra latina viajó al árabe, y volvió al español ya con librea árabe. El quintal era una unidad de peso mayor, equivalente a unos 46 kilos en Castilla, y sigue usándose en algunos contextos rurales y comerciales.

Azumbre. Del árabe hispánico aṯ-ṯúmn, del árabe clásico ṯumn ('octava parte'). Era una medida de capacidad para líquidos, especialmente vino y aceite, equivalente aproximadamente a dos litros. Aunque hoy prácticamente ha desaparecido del habla cotidiana, sigue apareciendo en textos clásicos y en la memoria de los oficios tradicionales.

Almud. Del árabe hispánico al-múdd, del árabe clásico mudd. Medida de capacidad para áridos (grano, harina, legumbres) que variaba mucho según la región, pero rondaba los cuatro o cinco litros. Su uso decayó con la generalización del sistema métrico decimal, pero perdura en toponimia y en algunos dichos populares.

Fanega. Del árabe hispánico faníqa. Otra medida tradicional de áridos, equivalente a unos 55 litros o 12 almudes según la comarca. Sigue usándose ocasionalmente para hablar de superficies de cultivo (la fanega de tierra era la superficie que se sembraba con una fanega de grano).

Alacena. Del árabe hispánico al-ḵizána, del árabe clásico ḵizāna ('armario', 'depósito'). La alacena era el armario empotrado en la pared donde se guardaban los alimentos y utensilios de la cocina. Es la palabra tradicional española para la despensa doméstica, y aún hoy sigue plenamente vigente, aunque el mueble moderno haya evolucionado.

Zaguán. Del árabe hispánico ust-uwán, del árabe clásico usṭuwān. Aunque no es exclusivamente gastronómico, el zaguán —la entrada techada de la casa tradicional— era en muchas viviendas rurales el lugar donde se colgaban los productos de la matanza, se apilaban los sacos de grano o se guardaba la provisión inmediata. Un espacio intermedio entre la calle y la despensa que fue clave en la organización doméstica hasta bien entrado el siglo XX.

Zafra. Del árabe hispánico zafr. Designa a la vez la cosecha de la caña de azúcar y el propio periodo en que se realiza; por extensión, cualquier campaña intensiva de recolección o producción, como la zafra de la aceituna. Es una palabra viva especialmente en Hispanoamérica y en zonas rurales españolas.

La arroba: de medida de peso a símbolo del correo electrónico

Pocas palabras del vocabulario gastronómico y comercial han tenido una vida tan curiosa como la arroba. Nacida en el árabe hispánico como ar-rúb' ('la cuarta parte'), designó durante siglos una unidad de peso muy común en Castilla, León y buena parte de Hispanoamérica: la cuarta parte del quintal, unos 11,5 kilos. Los mercaderes hispánicos, para agilizar la escritura contable, abreviaban esta medida con un símbolo especial, la a con un rasgo envolvente: @. El símbolo se usó en libros de cuentas, cartas comerciales y documentos administrativos durante siglos, y sobrevivió, cada vez más marginal, hasta bien entrado el siglo XX.

En 1971, el ingeniero Ray Tomlinson, cuando buscaba un símbolo para separar el nombre de usuario del nombre de servidor en el primer sistema de correo electrónico, eligió precisamente ese @, que estaba en su teclado y no se usaba prácticamente para nada. En inglés lo bautizaron at ('en', por su nuevo sentido de "usuario en tal servidor"). Pero el español, fiel a su historia, siguió llamando "arroba" a ese símbolo, y hoy cada vez que decimos "mi correo es fulano arroba comerbeber punto com" estamos pronunciando, sin saberlo, una unidad de peso árabe de la Baja Edad Media, resucitada por una improbable elección tecnológica de los años setenta.

Un legado que se sigue hablando

Casi cuatro decenas de palabras han pasado por este recorrido, y son solo una parte de las varias centenares de arabismos gastronómicos que conserva el español. Cada vez que hablamos de aceite, arroz, azúcar o azafrán en una receta; cada vez que preparamos unas albóndigas o un escabeche; cada vez que servimos algo en una jarra o guardamos provisiones en la alacena, estamos usando un vocabulario que llegó a la península hace mil años y que ha sobrevivido intacto a la Reconquista, al Renacimiento, a la colonización, a la revolución industrial y a la globalización. Muy pocas huellas culturales tienen esa permanencia.

Este vocabulario no es una simple herencia léxica. Detrás de cada palabra hay un objeto, una técnica, un producto o una forma de organizar la cocina que también llegó con Al-Ándalus. Los cítricos, el arroz, el azafrán, la caña de azúcar, la berenjena, la alcachofa, la espinaca no eran solo palabras nuevas: eran ingredientes desconocidos que transformaron la agricultura y la mesa mediterránea. Las técnicas del escabeche, de la albóndiga, del sorbete, del jarabe no eran solo nombres exóticos: eran maneras nuevas de cocinar y conservar los alimentos. El vocabulario árabe del español gastronómico es, en realidad, el testimonio de una revolución culinaria que sigue vigente.

Conviene, para terminar, una nota de cautela. En internet abundan las listas de "palabras españolas de origen árabe" que incluyen, junto a etimologías bien documentadas, otras dudosas o directamente falsas. La filología es una disciplina exigente, y no basta con que dos palabras suenen parecido para asegurar que la una viene de la otra. Cuando se dude sobre el origen árabe de un término, la referencia sólida es el Diccionario etimológico de la lengua española de Joan Coromines, o el propio Diccionario de la Real Academia Española, que suele incorporar la etimología documentada. Todas las palabras recogidas en este artículo están verificadas contra esas fuentes.

Este recorrido tiene también su continuación natural en otros artículos del sitio. Los refranes gastronómicos españoles conservan igualmente huellas de la cultura andalusí, especialmente en su repertorio de refranes sobre pan, aceite y aceitunas. Los escabeches son un ejemplo vivo de cómo una técnica árabe se transformó en tradición española. Y las páginas dedicadas a los adobos, al aceite de oliva y a las hortalizas mediterráneas se cruzan también con este legado, aunque no lo mencionen explícitamente.

La próxima vez que cocinemos, merece la pena recordar que buena parte de las palabras que usamos vienen de muy lejos y de muy antiguo. Cocinar en español es, casi sin darse cuenta, hacer un pequeño viaje por la memoria histórica del Mediterráneo.

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