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Breve historia del té

El té es una bebida tan antigua como el vino y la cerveza.

Después del agua, el té es la bebida más consumida del mundo. Más que el café, más que la cerveza, más que cualquier otro líquido que los seres humanos hayan decidido beber. Cada día se preparan en algún lugar del planeta unos tres mil millones de tazas. Y todo empezó, según cuenta la leyenda, con unas hojas que cayeron por accidente en un cuenco de agua caliente hace casi cinco mil años.

El origen: China y la leyenda del emperador

La historia del té empieza en China, probablemente alrededor del año 2700 a.C. La versión más conocida del origen atribuye el descubrimiento al emperador Shen Nong, un gobernante legendario al que también se atribuyen los fundamentos de la medicina y la agricultura chinas. Según la tradición, mientras hervía agua para beber bajo un árbol, unas hojas cayeron en el recipiente. El emperador, curioso, probó la infusión resultante y encontró que era aromática, revitalizante y agradable. Así nació el té.

La historia es casi con certeza apócrifa — Shen Nong es una figura mítica — pero refleja algo verdadero: el té lleva en la cultura china tanto tiempo que su origen se ha fundido con el de la civilización misma. Las primeras referencias escritas fiables al consumo de té datan de la dinastía Han, alrededor del siglo II a.C., y para la dinastía Tang — siglos VII a X — el té ya era la bebida nacional de China, cultivada, comerciada y consumida en todo el imperio.

En el año 780, un monje llamado Lu Yu escribió el Chá Jing — el Clásico del Té — el primer tratado exhaustivo sobre la planta, su cultivo, su preparación y su significado cultural. Es uno de los textos fundacionales de la gastronomía mundial, y convirtió el té en objeto de reflexión filosófica y estética, no solo de consumo.

El sigue siendo parte indeleble de la vida cotidiana en China. 

Un solo arbusto, infinitas variedades

Uno de los datos más sorprendentes sobre el té es este: el té verde, el té negro, el té blanco, el oolong y el pu-erh provienen todos de la misma planta — la Camellia sinensis. Lo que los diferencia no es la variedad botánica sino el proceso al que se someten las hojas después de la recolección.

El té verde no se oxida: las hojas se calientan rápidamente después de la recolección para detener la oxidación enzimática, preservando el color verde y los sabores frescos, vegetales y ligeramente amargos que lo caracterizan. Es el té más antiguo y el que se consumía en China antes de que se desarrollaran otros procesos.

El té negro se oxida completamente: las hojas se dejan marchitar, se enrollan y se exponen al aire hasta que se vuelven oscuras. La oxidación desarrolla los taninos y los sabores robustos y maltados que asociamos con el té inglés del desayuno, el Assam o el Darjeeling.

El oolong queda a medio camino — parcialmente oxidado — con una gran variedad de perfiles según el grado de oxidación, desde los más florales y próximos al verde hasta los más tostados y próximos al negro.

El té blanco es el menos procesado: solo las yemas más jóvenes y los brotes tiernos, secados al sol o al aire sin oxidación ni calentamiento. Su sabor es delicado y dulce, y su producción es escasa.

El pu-erh es una categoría aparte: un té fermentado y envejecido — a veces durante décadas — cuyo sabor terroso y complejo no tiene equivalente en ninguna otra categoría. Algunos pu-erh añejos se venden a precios que rivalizan con los de los vinos más exclusivos del mundo.

De China a Japón: la ceremonia como arte

Fueron los monjes budistas los que llevaron el té de China a Japón, probablemente en el siglo IX. En Japón, el té no solo se adoptó — se transformó en algo completamente nuevo.

La ceremonia del té japonesa, el chanoyu, desarrollada a lo largo de los siglos XII al XVI y codificada definitivamente por el maestro Sen no Rikyū en el siglo XVI, convirtió el acto de preparar y servir té en una forma de arte, una práctica espiritual y una expresión filosófica. Cada gesto — el modo de sostener el cuenco, el sonido del agua, la disposición de los utensilios, la arquitectura de la sala — tiene un significado. Los cuatro principios del chanoyu, según Rikyū, son armonía, respeto, pureza y tranquilidad.

Aunque menos conocida en Occidente, Corea desarrolló su propia tradición del té con una estética y unos rituales propios que merece la pena descubrir.

El matcha — el té verde molido hasta convertirse en polvo fino que se bate con agua caliente hasta crear una espuma característica — es el té de la ceremonia japonesa. Durante siglos fue exclusivo de monjes y aristócratas. Hoy aparece en lattes, helados, repostería y cócteles en todo el mundo occidental, en una reinterpretación que Rikyū probablemente no habría reconocido pero que confirma la universalidad del sabor.

La Ruta de la Seda y la expansión hacia el oeste

El té viajó hacia el oeste por las mismas rutas que la seda y las especias. Los comerciantes árabes y persas lo conocieron a través del comercio con China y lo introdujeron en Asia central y Oriente Próximo. Rusia recibió los primeros cargamentos de té a través de la frontera con China en el siglo XVII — un viaje que podía durar más de un año en caravana — y desarrolló su propia cultura del té alrededor del samovar, el recipiente metálico que mantiene el agua caliente y se convirtió en símbolo de la hospitalidad rusa.

Los portugueses fueron probablemente los primeros europeos en probar el té regularmente, a través de sus contactos comerciales con China y Japón en el siglo XVI. Pero fueron los holandeses, con su Compañía de las Indias Orientales, los primeros en importarlo a Europa de manera sistemática, a principios del siglo XVII.

Los británicos y el monopolio del té

Gran Bretaña llegó tarde al té — las primeras importaciones significativas datan de mediados del siglo XVII — pero lo adoptó con una intensidad que ningún otro país europeo igualó. Para finales del siglo XVII, el té había desplazado a la cerveza como bebida cotidiana en amplias capas de la población inglesa. En 1708 se importaron más de 240.000 libras de té. Para 1800, era el producto más valioso que manejaba la Compañía Británica de las Indias Orientales.

El problema era que todo ese té venía de China, y China solo aceptaba plata como pago. La balanza comercial era devastadora para Gran Bretaña: el dinero fluía hacia China sin retorno. La solución que encontraron los británicos fue el opio, cultivado en la India bajo control de la Compañía y vendido ilegalmente en China a cambio de té. Cuando China intentó prohibir el tráfico de opio, Gran Bretaña respondió con las Guerras del Opio — 1839-1842 y 1856-1860 — que forzaron a China a abrir sus puertos y a legalizar el comercio. El té que endulzaba las tardes victorianas tenía, como el azúcar y el chocolate, un precio humano que sus consumidores preferían no conocer.

La dependencia del té chino terminó cuando los británicos rompieron el monopolio de otra manera: robando la planta. El botánico escocés Robert Fortune, disfrazado de comerciante chino, recorrió las regiones productoras de té en China en la década de 1840 y salió con miles de plantas y semillas que viajaron a las plantaciones recién establecidas en Assam y Darjeeling, en la India. En pocas décadas, la India superó a China como mayor exportador de té del mundo.

El Boston Tea Party y el té como política

La relación entre el té y la política no se limitó a las Guerras del Opio. En 1773, en Boston, un grupo de colonos americanos disfrazados de indígenas abordaron tres barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales y arrojaron al puerto 342 baúles de té — unas 46 toneladas — como protesta contra el impuesto sobre el té impuesto por la Corona británica sin representación colonial en el Parlamento. El Boston Tea Party fue uno de los detonantes de la Revolución Americana.

La consecuencia cultural fue duradera: beber té quedó asociado con la lealtad a la Corona, y los americanos se pasaron masivamente al café como gesto de independencia. Una decisión cultural tomada hace 250 años que explica en parte por qué Estados Unidos es hoy un país de café mientras que Gran Bretaña sigue siendo un país de té.

La industrialización del té

El siglo XIX transformó el té de lujo accesible en producto de masas. Las plantaciones de Assam, Darjeeling y Ceilán — la actual Sri Lanka — producían cantidades que las plantas chinas nunca habrían podido igualar. Los clíperes, los veleros de casco estrecho y aparejos enormes, competían en regatas no oficiales para ser los primeros en llegar a Londres con el té de la nueva cosecha — la llamada carrera del té, que generaba apuestas y titulares de prensa.

La bolsa de té — el tea bag — apareció por accidente en 1908, cuando el comerciante neoyorquino Thomas Sullivan empezó a enviar muestras de té a sus clientes en pequeñas bolsas de seda. Los clientes, en lugar de vaciarlas, las metían directamente en el agua. Sullivan entendió la oportunidad comercial. Hoy, la mayoría del té que se consume en el mundo occidental se prepara en bolsita — una comodidad que los puristas del té consideran una herejía y que el mercado confirma cada día.

El té helado, otra innovación americana, nació en la Exposición Universal de St. Louis en 1904, cuando Richard Blechynden, un vendedor de té que no conseguía que nadie comprara su bebida caliente en pleno verano, decidió servirla sobre hielo. Hoy el té helado es la forma de consumo de té más popular en Estados Unidos y está ganando terreno en todo el mundo.

El té hoy

El té sigue siendo la segunda bebida más consumida del mundo, y su geografía cultural es extraordinariamente diversa. El chai masala indio — té negro con leche, azúcar y especias como cardamomo, jengibre y canela — es la bebida cotidiana de más de mil millones de personas. El té a la menta marroquí, preparado con un ritual preciso y servido en vasos altos desde cierta altura para crear espuma, es el símbolo de la hospitalidad en el Magreb. El tereré paraguayo y el mate argentino y uruguayo son infusiones de yerba mate que comparten con el té la misma matriz cultural — una planta, agua caliente y un momento de pausa — aunque procedan de una planta completamente distinta.

En los últimos años, el matcha ha conquistado las cafeterías occidentales. El té de burbujas — bubble tea — nacido en Taiwán en los años ochenta, con sus perlas de tapioca en el fondo de un vaso de plástico sellado, se ha convertido en uno de los fenómenos gastronómicos globales del siglo XXI. Y el pu-erh de calidad ha encontrado coleccionistas en todo el mundo dispuestos a pagar por él lo que otros pagan por un Borgoña añejo.

Cinco mil años después de aquellas hojas que cayeron en el cuenco del emperador legendario, el té sigue siendo una de las maneras más sencillas y más profundas que tiene la humanidad de hacer una pausa.

Té a granel en un mercado chino.

La historia del té forma parte de la historia de lo que comemos y bebemos.

La hora del té en el Reino Unido

La ceremonia del té en Japón

La ceremonia del té en Corea

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