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Los vinos de las Islas Baleares

Uvas propias que no crecen en ningún otro lugar

Las Islas Baleares no son, ni de lejos, un gigante del vino español. Pero tienen algo que ningún gran nombre de la península puede ofrecer: una historia contada casi en voz baja, de viñedos que sobrevivieron al turismo de masas y de uvas que no crecen en ningún otro sitio del mundo. Es un vino pequeño, de producción corta y consumo casi local, pero con una identidad propia que merece su hueco en el mapa.

El grueso de esta historia se concentra en Mallorca, que reúne las dos únicas denominaciones de origen del archipiélago. Ibiza, Menorca y Formentera tienen viñedo, pero de producción tan reducida que apenas alcanza para el consumo de sus propios restaurantes.

Dos denominaciones en una sola isla

Mallorca concentra toda la vinicultura balear de peso, repartida en dos denominaciones de origen bien diferenciadas.

Las dos DO de Mallorca

Binissalem: la más antigua de las dos, en el centro de la isla, con tradición vinícola documentada desde el siglo XIV. Especializada en tintos de cuerpo medio.
Pla i Llevant: más joven, en el este de la isla, con un perfil algo más moderno y una mayor apuesta por variedades foráneas junto a las autóctonas.

Ambas comparten el mismo reto: hacer vino en un suelo mayoritariamente calizo y bajo un clima mediterráneo muy seco en verano, con las uvas madurando entre el calor del día y la brisa marina de la noche.

Uvas que no existen en ningún otro sitio

La joya varietal de Mallorca es la Manto Negro, la uva tinta autóctona por excelencia, de piel fina y acidez moderada, que da vinos de color no muy intenso pero con carácter mediterráneo reconocible. Suele combinarse con la Callet, otra tinta local de perfil más rústico, y cada vez más también con variedades internacionales como cabernet sauvignon o merlot, que aportan estructura a los tintos de Pla i Llevant.

Entre las blancas destaca el Prensal Blanc (también llamado Moll), de aromas discretos y acidez fresca, la base de los blancos más ligeros de la isla. Es, en conjunto, un patrimonio varietal modesto en volumen pero único en el mapa: fuera de Mallorca, estas uvas prácticamente no se cultivan en ningún otro lugar del mundo.

Una historia marcada por el turismo

El viñedo mallorquín llegó a ser mucho más extenso de lo que es hoy. La filoxera golpeó la isla a finales del siglo XIX igual que al resto de España, pero el golpe que de verdad redujo la superficie de viña fue otro, más tardío: el turismo. A partir de los años sesenta, buena parte de la tierra agrícola de Mallorca se transformó en urbanizaciones, hoteles y campos de golf, y el viñedo perdió terreno frente a un negocio mucho más rentable a corto plazo.

La recuperación, como en tantas otras regiones pequeñas de España, llegó de la mano de un puñado de bodegas que apostaron por la calidad en lugar del volumen, recuperando variedades autóctonas y reivindicando un estilo propio frente a los vinos genéricos que llegaban de la península. Binissalem obtuvo su denominación de origen en 1991, la primera de todo el archipiélago, y Pla i Llevant la siguió pocos años después.

Un vino que rara vez sale de la isla

A diferencia de Rioja o Jerez, el vino balear apenas se exporta y es difícil de encontrar fuera de sus fronteras: la producción es pequeña y el turismo de la propia isla absorbe buena parte de las botellas. Es, en ese sentido, un vino que se entiende mejor en su contexto, en una terraza mallorquina, que en una carta de restaurante peninsular.

El resto del archipiélago apenas aporta volumen. Ibiza conserva un puñado de pequeños productores sin denominación de origen propia, recuperando viñas casi como proyecto personal más que como negocio; Menorca y Formentera tienen una presencia vinícola todavía más anecdótica. Ninguna de las tres cuenta hoy con una DO reconocida, aunque el interés por recuperar el viñedo balear crece cada año, empujado en parte por el mismo movimiento de vino natural que ha puesto de moda otras regiones pequeñas de España.

En la mesa

Los tintos de Binissalem, de cuerpo medio y taninos suaves, acompañan bien la cocina mallorquina de siempre: carnes guisadas, embutidos como la sobrasada, quesos curados. Los blancos de Prensal, ligeros y frescos, son la pareja natural del pescado y el marisco que llega a diario a los mercados de la isla. Es, en definitiva, un vino pensado para comer en su propia tierra, con su propia comida, más que para lucirse en una copa lejos de casa.

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