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Por qué se come tarde en España

Eel sol, el reloj y el mito del huso horario.

La pregunta llega siempre de la misma boca y en el mismo tono. Alguien de fuera pasa por delante de un restaurante a las ocho de la tarde, ve el comedor vacío y las mesas todavía sin poner, y quiere saber por qué. La respuesta frecuentemente llega rápida y segura: Por el huso horario, por una decisión de 1940 que nadie se molestó en deshacer.

Es una explicación magnífica. Tiene un villano, una fecha y una consecuencia visible ochenta años después. Tiene además la ventaja de que empieza con un hecho verdadero. El problema aparece cuando se comprueba lo que explica realmente, porque en cuanto se mira a Francia el edificio entero se tambalea.

La respuesta que todo el mundo da

Conviene empezar por lo que sí ocurrió. En marzo de 1940 el Gobierno español aprobó una orden que adelantaba los relojes sesenta minutos. El texto oficial justificaba la medida por la conveniencia de que el horario nacional fuese acorde con el de otros países europeos y por las ventajas que traía consigo el adelanto de la hora. Los historiadores señalan, además, un motivo que el decreto no menciona: un gesto de simpatía hacia la Alemania nazi, en un momento en que el régimen buscaba acercarse al Eje.

Desde entonces, la España peninsular vive en el mismo huso horario que Berlín o Varsovia, pese a que su posición geográfica la sitúa casi por completo al oeste del meridiano de Greenwich, junto a Portugal, Canarias y las islas británicas. Vigo comparte hora con ciudades situadas a más de tres mil kilómetros y va una hora por delante de Oporto, que está a menos de ciento cincuenta.

Hay un detalle de aquella época que rara vez se cuenta y que resulta decisivo. España no fue el único país que adoptó el horario alemán durante la guerra: también lo hicieron Italia, Francia y el Reino Unido. La diferencia es lo que ocurrió después. Terminado el conflicto, casi todos volvieron a su huso natural. España no lo hizo. Francia tampoco del todo.

Lo que dice el decreto y lo que se supone que quería decir

Merece la pena distinguir dos cosas que suelen mezclarse. Una es el texto de la orden de 1940, que habla de sincronización europea y de aprovechamiento de la luz. Otra es la lectura política que la historiografía posterior ha hecho de esa decisión. Ambas pueden ser ciertas a la vez, y ninguna de las dos dice absolutamente nada sobre la hora a la que conviene cenar.

Lo que esa respuesta no explica

Aquí es donde el relato ordenado empieza a fallar. Y falla, sobre todo, por un motivo geográfico muy próximo.

Francia arrastra exactamente la misma historia horaria que España: el mismo desplazamiento durante la guerra, la misma decisión de no revertirlo del todo, el mismo desfase respecto a su meridiano. Y en Francia se almuerza a mediodía. Si el reloj lo explicara todo, los franceses comerían a las tres de la tarde y cenarían a las diez. No lo hacen.

La investigación sobre horarios de comida en Europa occidental apunta precisamente a esa asimetría. Las horas de almuerzo francesas parecen ser, en la práctica, las anteriores a la Segunda Guerra Mundial: cuando los relojes se adelantaron, las costumbres se quedaron donde estaban. En España ocurrió lo contrario. Los horarios de comida se retrasaron después de 1940, absorbiendo el cambio en lugar de limitarse a padecerlo. La sociedad española no fue arrastrada por el reloj: se movió con él.

Tampoco la historia del cambio horario es tan limpia como se cuenta. El astrofísico Pere Planesas documentó las sucesivas modificaciones de la hora oficial española durante la Guerra Civil y la posguerra, aplicadas por uno y otro bando, en un cuadro bastante más enredado que el de una única decisión tomada en 1940. La versión resumida —un dictador, un gesto, una consecuencia permanente— ha sido descrita como carente de base histórica sólida.

Pero el argumento definitivo es más simple que todo lo anterior. Un cambio de reloj no obliga a nadie a cenar tarde. Solo cambia el nombre de las horas. Si toda una sociedad decide sentarse a cenar cuando el reloj marca las nueve en lugar de las ocho, y sigue haciéndolo durante generaciones, hace falta alguna otra explicación. El reloj es el escenario, no el motivo.

Medido por el sol, casi no hay anomalía

Existe una manera distinta de plantear la pregunta, y produce un resultado inesperado.

La hora oficial es una convención administrativa: una franja de territorio acuerda leer la misma cifra en todos sus relojes. La hora solar es otra cosa, y es la que el cuerpo entiende: mediodía solar es el momento en que el sol alcanza su punto más alto sobre un lugar concreto. Las dos coinciden pocas veces y en pocos sitios. En la España peninsular la diferencia es considerable, y en invierno el sol va con más de una hora de retraso respecto al reloj.

El físico José María Martín-Olalla analizó las encuestas de empleo del tiempo de España, Italia y el Reino Unido para extraer las horas medianas a las que se duerme, se trabaja y se come en los tres países. Traducidas a tiempo solar, y teniendo en cuenta la latitud y el movimiento aparente del sol a lo largo del día y del año, las diferencias se reducen de forma drástica: los horarios españoles resultan coherentes con los británicos y los italianos dentro de un margen de medio huso horario.

Dicho de otro modo: en España se hacen aproximadamente las mismas cosas al mismo momento solar que en Roma o en Londres. Lo que resulta extraño no es el comportamiento, sino el instrumento con que se mide. Un país cuyos relojes van adelantados respecto al sol parecerá siempre tardío aunque su gente esté haciendo exactamente lo mismo que sus vecinos.

La jornada partida, sospechosa más plausible

Si el reloj no basta, ¿qué queda? La candidata más razonable no es astronómica sino laboral.

La jornada partida —una mañana de trabajo, una pausa larga a mediodía y una tarde que se prolonga hasta las siete o las ocho— organiza el día alrededor de un hueco central amplio. Ese hueco es lo que permite y a la vez exige una comida principal contundente a las dos de la tarde, y lo que empuja el final de la jornada, y con él la cena, hacia el borde de la noche. Casi todo lo demás encaja después.

El origen suele situarse en la posguerra y en el pluriempleo: sueldos bajos que obligaban a encadenar un empleo de mañana con otro de tarde, con una pausa entre ambos que había que llenar. Es una explicación coherente, verificable en la organización laboral de la época y muy superior a la del huso horario.

Conviene, eso sí, no cambiar un relato demasiado ordenado por otro. Esta versión circula sobre todo en forma divulgativa y no cuenta con el mismo respaldo documental que tienen los datos astronómicos o las encuestas de tiempo. Lo prudente es presentarla como la hipótesis más sólida disponible, no como el nuevo final de la historia. Las costumbres colectivas rara vez tienen una sola causa, y desconfiar de las explicaciones que la tienen es un buen hábito general.

El desfase que sí existe

Nada de lo anterior significa que no haya ninguna singularidad española. La hay, pero no está donde el tópico la coloca.

La diferencia real con los países vecinos no es tanto la hora de comer como la longitud de la tarde. Jornadas laborales que terminan tarde, un hueco largo entre la salida del trabajo y la cena, una programación televisiva de máxima audiencia desplazada respecto al resto de Europa y, como consecuencia, una hora de acostarse que deja pocas horas de sueño antes del despertador. Ahí es donde el debate público sobre los horarios tiene sustancia, y donde coinciden buena parte de quienes discrepan sobre el huso horario: la discusión seria no trata del meridiano, sino de cuánto dura el día laboral y de cómo se reparte.

Ese debate sigue abierto, con argumentos defendibles en ambas direcciones, y no corresponde a estas páginas resolverlo. Sí conviene señalar que se plantea peor cuando se apoya en una explicación histórica que no se sostiene.

Ni tarde ni temprano: a nuestra hora

La respuesta a la pregunta del visitante frente al restaurante vacío no es un decreto de 1940. Es una combinación menos vistosa: una posición geográfica al oeste del huso que nos rige, una organización del trabajo heredada de una época de escasez, unas tardes largas de verano que invitan a alargar el día, y una costumbre que se mantiene porque a la mayoría le funciona razonablemente bien.

Y queda el consuelo del sol. Medido por el reloj que llevamos dentro, que es el que responde a la luz y no al Boletín Oficial del Estado, España no es el país excéntrico que suele describirse desde fuera. Se come cuando el sol está donde debe estar. Lo que no está en su sitio es el reloj de la pared.

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