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Las cinco comidas del día: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena

Almuerzo significaba "un bocado" y merienda, "lo que hay que merecerse"

Dos personas quedan para almorzar. Una aparece a las once de la mañana con un bocadillo bajo el brazo y ganas de un café. La otra llega a las dos y media, esperando un primero, un segundo y un postre. Ninguna de las dos se ha equivocado, ni ha entendido mal el mensaje. Las dos acepciones están en el diccionario, una detrás de la otra, sin que nada indique cuál debería prevalecer.

Esa confusión no es un descuido de la lengua. Es el rastro visible de un movimiento largo y silencioso: los nombres de las comidas llevan siglos deslizándose hacia horas más tardías, y cada vez que uno se mueve deja un hueco que hay que rellenar con otra palabra. El vocabulario de las cinco comidas españolas es, visto de cerca, un sedimento de ese proceso.

Un esquema de cinco

El día alimentario español reconoce cinco momentos con nombre propio: desayuno, almuerzo o media mañana, comida, merienda y cena. Casi nadie los cumple todos a diario, y algunos están claramente en retirada, pero los cinco nombres siguen ahí y todos ellos se usan. Cada uno tiene su propia historia, y ninguna coincide con lo que su nombre parece indicar.

Desayuno: romper el ayuno

El más transparente de los cinco. Des-ayuno: deshacer el ayuno de la noche, la primera vez que se come tras varias horas sin hacerlo. La imagen es tan evidente que aparece en media Europa. El inglés breakfast literalmente rompe el ayuno. El portugués tiene desjejum. El italiano opone colazione a digiuno.

Y el francés ofrece el ejemplo perfecto de lo que va a ocurrir con el resto de este artículo. Déjeuner significaba exactamente lo mismo —romper el ayuno—, pero con el tiempo se desplazó hasta designar la comida del mediodía. Al quedarse la mañana sin palabra, hubo que fabricar una: petit déjeuner, un pequeño romper el ayuno que llega antes que el grande, lo cual, si se piensa, no tiene ningún sentido. Es lo que ocurre cuando un nombre emigra y la lengua tiene que improvisar un sustituto.

Almuerzo: la palabra más resbaladiza del español

Aquí está el caso más enredado y también el más interesante. Almuerzo procede del latín vulgar admordium, derivado del verbo admordēre: morder ligeramente, empezar a comer algo. En su origen, por tanto, no era una comida. Era un bocado.

Y así funcionó durante siglos en castellano. Almorzar significaba tomar algo ligero por la mañana, a veces de manera indistinguible de lo que hoy se llama desayunar. El sentido de comida del mediodía es posterior, y no llegó a todas partes. El gallego conserva almorzo con el valor de desayuno. El portugués almoço, en cambio, hizo el mismo viaje que el castellano y acabó en el mediodía.

De ahí que el mapa peninsular sea hoy un mosaico. En buena parte de la Comunidad Valenciana, el esmorzaret de media mañana es toda una institución: bocadillo de proporciones considerables, cacahuetes, encurtidos, algo de beber y un café que con frecuencia lleva algo dentro. En catalán, esmorzar es directamente el desayuno. Y en la mayor parte del resto de España, almorzar es lo que se hace a las dos y media.

El salto al otro lado del Atlántico añade otra capa. En casi toda América Latina, almuerzo es sin discusión la comida principal del día, sin rastro del sentido matinal. Salvo en México, donde vuelve a ser una parada de media mañana: más sólida que el desayuno, menos elaborada que la comida. Quien crea que existe un uso correcto y otro equivocado tiene el problema de que ambos están documentados desde hace siglos.

El al- que probablemente no es árabe

La Academia propone para almuerzo un origen mixto: el artículo árabe al más el latín morsus, mordisco. Corominas objetó que esa mezcla no aparece ni en árabe ni en castellano, y explicó la forma de otro modo: admordium habría evolucionado hacia algo parecido a armuerzo, y de ahí a almuerzo por analogía con las muchísimas palabras castellanas que empiezan por al- y que sí proceden del árabe. Es decir, la palabra se disfrazó de arabismo sin serlo. Conviene recordarlo antes de dar por árabe todo lo que lo parece.

La comida: el nombre genérico que se volvió nombre propio

Llama la atención que el español peninsular reserve la palabra comida —el término más general que existe para el alimento— precisamente para la del mediodía. No hace falta especificar cuál: es la comida, y todo lo demás necesita apellido. Pocas cosas dicen tanto sobre la jerarquía del día.

La contrapartida es la ambigüedad. Fuera de España, comida puede ser cualquier cosa comestible, y en México designa también la principal del día, que ocurre bastante más temprano. Es una de esas palabras que obligan a preguntar antes de quedar con alguien.

Merienda: la comida que hay que merecerse

Del latín merenda, y esta a su vez del verbo merere: merecer, ganarse algo, participar en un reparto. La merenda romana era una ración que se distribuía a los soldados o a los trabajadores del campo por la tarde, cuando ya se había ganado. El nombre lleva incorporada la idea de recompensa por el esfuerzo, algo que ninguna otra comida del día declara de forma tan explícita.

Está documentada en castellano desde el siglo XIII, en Berceo y en el Libro de Alexandre. Y arrastra un error célebre: Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana de 1611, la relacionó con meridiem, mediodía, suponiendo que había designado el almuerzo. Corominas corrigió la atribución mucho después. Lo curioso es que el propio Covarrubias, en la misma entrada, recogía también la explicación correcta: que se llamaba así porque se comía cuando ya se había merecido.

Hoy la merienda española vive una situación peculiar. Entre los niños se mantiene intacta, con su pan con chocolate, su fruta y su bocadillo a la salida del colegio. Entre los adultos ha ido desapareciendo casi por completo, reducida a un café sin comida o directamente suprimida. La merenda italiana ha seguido exactamente el mismo camino.

América conservó mejor la costumbre y le puso nombres propios. En Chile se toma once, entre las cinco y las siete, mezclando dulce y salado hasta convertirla en la comida más apreciada del día y, con frecuencia, en sustituta de la cena. En Colombia se habla de onces. En Argentina la merienda gira alrededor del mate.

Once letras

La explicación más repetida del nombre chileno dice que once alude a las once letras de aguardiente, palabra que convenía disimular a media tarde. Suele descartarse como etimología popular, y probablemente lo sea. Pero conviene un matiz: Benjamín Vicuña Mackenna ya recogía esa versión en 1869, al describir la costumbre de los caballeros santiaguinos coloniales de tomar un poco de mistela o aguardiente entre el desayuno y la comida. Que la explicación sea antigua no la convierte en cierta. Solo demuestra que no es un invento de ahora.

Cena: la palabra que no se movió

La excepción del grupo. La cena romana era la comida principal del día y se tomaba por la tarde, no de noche. La palabra llegó al castellano prácticamente intacta en su forma, sin las deformaciones que sufrieron las demás, y ahí sigue.

Lo que sí cambió fue todo lo que la rodea. De comida principal pasó a comida ligera. De la tarde pasó a la noche. De ser el centro del día pasó a ser su cierre. La palabra se quedó quieta mientras la cosa que nombraba se transformaba por completo, que es la manera contraria de hacer las cosas respecto al almuerzo.

Un último cruce: en México, merendar puede significar cenar de manera ligera, con pan dulce y chocolate. Dos palabras que llevaban siglos separándose vuelven a tocarse en el mismo momento del día.

Un vocabulario que sigue moviéndose

Vistas juntas, las cinco palabras cuentan la misma historia por cinco caminos distintos. Todas conservan la huella de un momento del día en el que ya no están. Un bocado matinal que acabó siendo un banquete de sobremesa. Una ración militar de tarde que hoy es pan con chocolate al salir del colegio. La comida principal de Roma convertida en algo ligero antes de dormir.

Y el proceso no se ha detenido. En España se conserva el vocabulario de las cinco comidas mientras se practica cada vez más un esquema de tres: el almuerzo de media mañana resiste en ciertos oficios y regiones, la merienda adulta prácticamente ha desaparecido. Dentro de un siglo, alguna de estas palabras significará otra cosa, y a nadie le parecerá extraño.

Mientras tanto, conviene recordar el consejo práctico que se desprende de todo esto: cuando alguien proponga quedar para almorzar, más vale preguntar a qué hora.

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