Pimientos asados con ajo y aceite
Una guarnición de toda la vida, de las que se preparan casi sin pensar mientras el horno está ocupado con otra cosa. Los pimientos se asan enteros hasta que la piel se arruga y se tuesta, y después se aliñan en caliente con un majado de ajo y aceite de oliva que se bebe el jugo que han soltado. No hay mucho más: el asado concentra el azúcar natural del pimiento y lo vuelve dulce y sedoso, y el ajo crudo le da el contrapunto. Acompañan de maravilla a cualquier carne al horno, pero también funcionan solos, con pan, o fríos al día siguiente.
Ingredientes
Instrucciones
Calentamos el horno a 200 °C. Lavamos los pimientos y los secamos bien con un paño.
Los colocamos enteros sobre la rejilla del horno, con una bandeja debajo para recoger el jugo, o directamente en una fuente. Si estamos asando carne al mismo tiempo, basta con meterlos unos 30 minutos antes de que el asado termine y aprovechar el calor.
Asamos entre 25 y 35 minutos, dándoles la vuelta a mitad de tiempo, hasta que la piel esté arrugada y con manchas tostadas y la carne haya cedido.
Mientras tanto, machacamos el ajo en el mortero con una pizca de sal hasta obtener una pasta y lo mezclamos con el aceite.
Sacamos los pimientos a una fuente templada, los salamos y los regamos por encima, con una cuchara, con el aceite de ajo majado. Servimos bien calientes.
Notas
Los pimientos pequeños son los mejores para esta receta: tienen la piel más fina y la carne más delicada, de modo que no hace falta pelarlos. Si usamos pimientos grandes, conviene taparlos con un paño o un cuenco al salir del horno, dejarlos sudar diez minutos y retirarles la piel.
El jugo que sueltan durante el asado es puro sabor y no se tira: se recoge de la bandeja y se mezcla con el aceite de ajo.
El ajo va crudo y machacado en el mortero, nunca picado a cuchillo. El mortero rompe las células y libera los compuestos aromáticos de una forma que el corte no consigue.
También se pueden hacer a la parrilla o en una plancha sobre el fuego, que es como se hacían antes de que hubiera horno en todas las casas. El resultado es más ahumado.
Aguantan tres o cuatro días en la nevera cubiertos de aceite, y mejoran con el reposo. Fríos, son un entrante estupendo.
Unas gotas de vinagre de jerez al final, en lugar de parte del aceite, los convierten en un aliño más vivo.
Variaciones
Se pueden probar otras hierbas aromáticas y especias.
Con pimientos rojos: más dulces y de carne más gruesa; conviene pelarlos y servirlos en tiras, al estilo de la ensalada de pimientos asados.
Con cebolla: dos cebollas en cuartos asadas junto a los pimientos componen una guarnición más completa.
Al ajo tostado: en lugar de crudo, asamos una cabeza de ajos entera junto a los pimientos y usamos la pulpa, mucho más suave y dulce.
Con comino: media cucharadita en el majado acerca el plato al gusto del sur peninsular.
Con huevo duro: acompañados de huevos duros en cuartos, pasan de guarnición a entrante.
En conserva: cubiertos de aceite de oliva en un tarro limpio, se conservan una semana larga en la nevera.
Origen
Cuando asamos un pimiento pasan dos cosas a la vez. Por un lado, el calor rompe las paredes de sus células y libera el agua y el azúcar que guarda dentro; ese azúcar se caramelíza y por eso un pimiento asado sabe mucho más dulce que uno crudo. Por otro, la piel —que es una capa fina y resistente hecha de celulosa— se separa de la carne al tostarse, y por eso se desprende tan fácilmente después.